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La “Faloteca Islandesa” exhibe una colección de órganos reproductores masculinos del mundo animal. Hasta ahora no tiene ningún miembro humano en exhibición, pero cuatro donantes ya comprometieron a entregar los suyos una vez que mueran.![]()
HUSAVIK, mayo 17.– Al islandés Sigurdur Hjartarson le falta un pene. Pero en rigor no a él, sino que al museo que inauguró con la colección de órganos reproductores reales que como hobby comenzó a reunir hace 24 años.
Hjartarson es fundador y propietario de la “Faloteca Islandesa”, que ofrece a los visitantes de todo el mundo un acercamiento a la larga -y a veces corta- variedad del mundo de los falos.
Su colección, que comenzó en 1974 cuando le regalaron algo parecido a una fusta, pero que en realidad era el pene de un toro, ahora cuenta con 261 miembros de 90 especies animales conservados con extremo cuidado.
El más grande es el de una ballena, de 70 kilogramos de peso y 1,7 metros de largo. El más pequeño es el de un hámster de sólo 2 milímetros y que debe ser visto a través de una lupa.
Sin embargo, hay una especie que en su colección brilla por su ausencia: el homo sapiens. El museo de Hjartarson no tiene ningún pene humano, pero eso pronto va a cambiar porque cuatro hombres ya ofrecieron donar sus miembros una vez que mueran.
Se trata de un alemán, un norteamericano, un islandés y un británico que se han comprometido a donar sus órganos viriles después de la muerte, de acuerdo a certificados que hoy exhibe Hjartarson.
Stan Underwood, estadounidense de 52 años, le envió una descripción de su pene –al que bautizó "Elmo"-, un molde de plástico y el certificado con la promesa de donárselo.
El donante islandés es un hombre de 93 años de edad, mujeriego en su juventud, que piensa que tener su pene en exhibición podría darle fama eterna. Sin embargo, la vanidad podría hacerlo reconsiderar la oferta porque “ha dicho que últimamente su pene se ha ido reduciendo y que está preocupado, porque finalmente no podría hacer una buena exhibición", dice Hjartarson.
MUJERES VISITANTES
El museo, inaugurado originalmente en Reikiavik en 1997, se ha trasladado ahora al tranquilo pueblo pesquero de Husavik, 480 kilómetros al noreste de la capital islandesa.
Abierto desde mayo a septiembre, se encuentra en un edificio en cuya entrada hay una gran escultura fálica.
Un número cada vez mayor de personas de todo el mundo visita la colección cada año, y el 60 por ciento son mujeres. "Hemos tenido 6.000 visitantes el pasado verano y, de hecho, se realizó un evento benéfico", dice Hjartarson con una sonrisa.
Los especimenes, la mayoría de los cuales fueron donados por pescadores, cazadores y biólogos de Islandia, se guardan en frascos de vidrio con formaldehído o secos y montados en la pared, creando una atmósfera mezcla de laboratorio de ciencias y sala de trofeos.
Hjartarson sólo ha comprado uno de los órganos en exhibición, el de un elefante que mide cerca de 1 metro de largo montado sobre una madera colgada en la pared, en la "sección extranjera" del museo.
El creador del museo "fálico" comenzó su colección cuando trabajaba como administrador de una escuela, los guardaba en su oficina hasta que tuvo la idea de exhibirlos en un museo, que hoy es realidad y que hay que visitar –advierte- con “sentido del humor y un poco de inteligencia”.
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